Ahí se encuentra una piedra sepulcral; sus componentes incluyen un 55% de polvo de oro de 50 quilates, un 15% de polvo de granito y un 30% de wolframio. Además los análisis revelaron que esta roca compuesta había sido fabricada mediante algún tipo de tecnología desconocida a día de hoy. Las medidas de esta loza son de seis metros de ancho, doce metros de largo y tres metros de alto. Pesa casi 1.700 toneladas y contenía en su interior unas 900 toneladas de oro puro.
Uno de los
arqueólogos que trabajó en la Galería 13 tomó una serie de fotos de la piedra
del sepulcro y se las envió a un paleolingüista. Éste observó una inscripción
en bajorrelieve de color verde esmeralda que cubría toda la superficie de la
enorme losa. El texto había sido escrito en tres líneas paralelas que empezaban
en su esquina superior izquierda. Desde ahí, la inscripción descendía en
diagonal, de forma similar a una serpiente, y describía una espiral en torno a
la cabeza de un lobo. Finalmente, el texto acababa en la esquina inferior
derecha. El paleolingüista especulaba con la posibilidad de que esta escritura
desconocida pudiera ser Pelasgo, y opinaba asimismo que el descubrimiento, con
sus grabados e inscripciones, poseía claramente un gran valor histórico y
cultural.
En el transcurso de
las excavaciones, el izado de la piedra del sepulcro también reveló la entrada
a un subterráneo. La fosa, de cuatro metros de diámetro, presentaba
una escalera descendente en espiral, y de su interior llegaba una luz lechosa
de color violeta. Una inspección más cuidadosa de los escalones permitió
apreciar claramente que parecía como si hubieran sido cortados en las propias
paredes de la fosa con un láser. En cuanto a la luz violeta, nadie supo
determinar su origen.
Sintiendo curiosidad
por descubrir el origen de esta luz y ver lo que había en el interior del
subterráneo, el paleolingüista bajó por las escaleras, pero jamás
regresó.
La piedra corresponde a la tumba de un gigante de 10 metros de alto.

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